La cultura se defiende compartiéndola.

El libro electrónico y la libertad intelectual

Por Álbert Montiel

Históricamente la cultura ha estado reservada para aquellos que puedan pagarla; cierto es que la biblioteca pública es un esfuerzo pensado para los menos privilegiados, pero la cultura no está solo en los libros: la música, los films, las artes visuales y escénicas también tienen un papel importante en modelar la personalidad de las personas. Las nuevas tecnologías brindan a los menos aventajados oportunidades de acceso a la cultura, pero esto en detrimento de las grandes industrias que se empeñan en controlar lo incontrolable, y que advierten la curiosidad intelectual como inmoral e ilegal. El libro electrónico permite que la cultura literaria no sea un privilegio, ya no es necesaria la herencia de una biblioteca para conocer a los clásicos; este hecho, sin embargo, es opacado por un similar acceso al entretenimiento mediático. Las personas de hoy en día pasan gran parte de su vida frente a un dispositivo electrónico consumiendo las atractivas teatralidades que ofrecen los medios; las series de televisión y las redes sociales nos venden vidas sensuales y exitosas, pero como ya lo dijo La Rochefoucauld: «para distinguirse en el mundo debe hacerse todo lo posible por aparentar que ya se es alguien distinguido». Una persona inculta es fácil de adoctrinar, y la cultura restringida (la que ofrecen las grandes industrias) es precisamente un medio de adoctrinamiento: si todos estamos limitados a consumir el mismo entretenimiento entonces nuestro destino es el de autómatas incapaces de ideas distintas.

El libro en la era digital dejo de ser una propiedad para convertirse en lo que realmente debería ser, una extensión del conocimiento y de la memoria colectiva. Los antiguos (que no conocían el papel) escribían en cualquier superficie que lo permitiera y no imaginaron nunca al libro como propiedad; su medio de expresión cultural era la tradición oral, la tradición de los grandes maestros de la humanidad: El Buda, Pitágoras, Sócrates y Jesucristo; que no dejaron nada escrito. El culto del libro ya no es el culto del conocimiento. El debate en torno al uso del libro electrónico es frecuentemente degradado a factores hedónicos: la gente injuria al libro electrónico por sus carencias estéticas u odoríferas comparado al libro impreso; el interés general por el libro parece radicar menos en su lectura que en la idea de su lectura. Los medios de comunicación y las editoriales modernas han aprovechado una sociedad consumista para transformar el libro en un artículo de lujo, atractivo y coleccionable.

Un editor de libros electrónicos tiene la responsabilidad moral de decidir el método de distribución de su volumen digital, que puede ser libre (como el software libre) o propietaria. El software propietario es aquel que el usuario no puede modificar ni compartir; el que compra este tipo de software inconscientemente está comprando una licencia para usar el producto en vez del producto en sí mismo. Un libro electrónico de tipo propietario, esto es, que incluya gestión de derechos digitales, no puede ser compartido y además está ligado a ciertas plataformas y dispositivos electrónicos específicos; estas restricciones son un ataque a la cultura misma, un mundo donde no se puedan compartir los libros es un mundo sin bibliotecas, un mundo donde el conocimiento está destinado a la ilegalidad, una suerte de Fahrenheit 451. Estos «derechos digitales» surgieron como defensa de la «piratería informática» y le prometen a los autores mayores ganancias y la defensa de su patrimonio intelectual, con la consecuencia de ser disfrutado restrictivamente por pocos. Shakespeare, igual que todos los clásicos, es conocido y leído gracias a que forma parte del dominio público, lo que le permite ser editado, traducido, y compartido libremente. Y es que, en efecto, que la gente comparta sus escritos es lo mejor que le puede ocurrir a cualquier autor.

Los libros y la educación deberían ponerse al alcance de todos. Importantes clásicos venezolanos no están siendo leídos simplemente porque no están disponibles. Un libro impreso inaccesible a la mayoría es un simple cubo de papel, destinado a la extinción; por el contrario, el libro electrónico libre (sin gestión de derechos digitales) es un baluarte de la cultura y la libertad. Cuanto más pueda educarse intelectual y moralmente el hombre, y permitírselo a los demás, será más libre.

18 de mayo de 2021