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«El hombre de oro», de Rufino Blanco Fombona

Por Álbert Montiel

Rufino Blanco Fombona fue un hombre de acción. Conflictos políticos, múltiples sentencias a prisión, exilios, amores y duelos a muerte; su vida no fue menos romántica que sus novelas. Nace en Caracas en 1874, muere en Buenos Aires en 1944. Se dedicó a las letras y a la política, fue funcionario, cónsul, y luego poeta. Se batió a tiros con un Edecán del Presidente de la República, por lo que mereció cárcel. Profesó el culto de la libertad y el de Bolívar.

Su obra literaria fue más admirable por su honestidad que por su imaginación, lo que haría de él un destacado historiador y ensayista. La novela fue su medio para mezclar ficción y desfachatez política, resultando la antagónica unión ideal para sus sátiras. Fue, en sus palabras: «romántico de temperamento, pero apasionado defensor de realidades tangibles». Condenó la barbarocracia —termino que acuñó a la dictadura de Juan Vicente Gómez— y buscó siempre plasmar ese sentimiento crítico en todos sus escritos. Alguien ha sospechado que toda labor literaria es fatalmente autobiográfica; en la escritura de Fombona vemos reflejada su prominente vitalidad y energía, sin que debiliten estas su sensibilidad.

En uno de sus diarios afirmaría: «El país americano a quien menos debo hasta ahora, o uno de aquellos a quienes menos debo es Venezuela mi país nativo. Al contrario, me ha perseguido encarnizadamente, me ha negado…». Antes de censurar a Fombona es preciso recordar esta página de Pérez de Ayala:

«La cantidad y calidad de patriotismo de un ciudadano no han de medirse por sus propias palabras, aunque estas suenen a vituperio de la propia patria. Uno de los más ardientes patriotas, si no el primero, en estos últimos años de vida española, ha sido Joaquín Costa, y él ha sido quien fustigó con fórmulas las más crudas, y hasta con dicterios, a España y a los españoles. ¿Podrá dudarse del teutonismo acérrimo de un Schopenhauer o de un Nietzsche? Pues nadie, como ellos, denostó, a Alemania y a los alemanes, ni les aguijó con sarcasmos y mofas tan enconadas. Dante, el mejor florentino, pobló sus escritos de invectivas contra Florencia y sus regidores, y murió en el destierro. La enumeración podría prolongarse indefinidamente. Y observaríamos un fenómeno curioso, de paradójica traza, a saber: que aquellos hombres renombrados que con saña mayor mostraron en público las patrias vergüenzas, sucede que fueron justamente los más patriotas. La explicación se cae de su peso. Cuanto más elevado y puro es el ideal patriótico de un ciudadano, tanta mayor distancia advertirá entre lo ideal y lo real; con tanta mayor pesadumbre echará de ver las flaquezas y lacras de su pueblo y con tanta mayor iracundia se revolverá contra las culpas de sus conciudadanos».

El hombre de oro fue publicada en 1915, su argumento no es difícil de resumir, es la contienda de la nostalgia contra el progreso. La imagen plasmada de Venezuela es la de un país sin memoria, en plena decadencia ciudadana. Las hermanas Agualonga —antagonistas de la historia— representan las costumbres antiguas: el respeto a la memoria familiar y el patriotismo; el resto de los personajes, más modernos y menos virtuosos, admiten la sucesión de la trama y pueden ser descritos con una sentencia de Manuel Díaz Rodríguez: «La razón y el fin de su política se llamaban “lucro”. Su ley se llamaba “lucro”». Creo en la crítica sincera como señal de estima, Fombona, con su ironía —el modo más fuerte y eficaz de decir las cosas— desenmascara en esta novela a sus dos pasiones: Venezuela y su política.

2 de septiembre de 2020